La gestión de riesgos en Prevención de Riesgos Laborales (PRL) no puede reducirse a un cumplimiento normativo ni a un simple ejercicio de control documental. La seguridad real no se logra con la ausencia de incidentes, sino con la presencia de sistemas robustos, defensas eficaces y un entendimiento profundo de los factores que convierten un peligro en un riesgo real.
A menudo, se confunden peligro y riesgo, lo que lleva a decisiones erradas. Un peligro es algo que puede causar daño; un riesgo es la probabilidad y severidad de que ese daño ocurra. Un avión es más peligroso que un automóvil, pero su riesgo es menor gracias a controles rigurosos, protocolos estrictos y una cultura de seguridad consolidada. En cambio, el automóvil, aunque menos peligroso, es más riesgoso porque depende de factores humanos sin una supervisión constante.
Aquí es donde la gestión de riesgos debe desafiar nuestras percepciones y exigir un enfoque basado en datos y en la comprensión del sistema. La combinación de los enfoques de Cass Sunstein y Karl Weick nos da herramientas para comprender cómo las decisiones erradas, la gestión ineficiente del riesgo y la cultura organizacional pueden hacer que un sistema fracase incluso cuando todo parece bajo control.
El riesgo no desaparece, solo se transforma.
La primera trampa en la gestión de riesgos es creer que el objetivo es eliminar todo peligro. Como explica Cass Sunstein en Riesgo y razón:
“El riesgo nunca desaparece. Cuando mitigamos un riesgo, con frecuencia creamos otro. La pregunta correcta no es cómo eliminar el riesgo, sino cómo gestionarlo de manera inteligente”.
Este es un error común en PRL: cuando una medida de control parece reducir un peligro visible, se asume que el riesgo está bajo control. Pero lo que ocurre muchas veces es que el riesgo simplemente se desplaza a otro lugar o se oculta en procesos que no hemos analizado con suficiente profundidad.
Ejemplos de esta paradoja sobran:
- Eliminar productos químicos peligrosos sin considerar las nuevas sustancias utilizadas como sustituto.
- Aumentar la automatización sin evaluar nuevos riesgos derivados de la interacción humano-máquina.
- Imponer más normativas sin considerar si los trabajadores las aplican realmente o las eluden por ser ineficaces en la práctica.
Lo que Sunstein nos enseña es que no podemos gestionar el riesgo con intuición o reacciones emocionales. Se necesitan datos, análisis y una visión integral.
El error no es un evento, es un proceso
Karl Weick, en sus estudios sobre Sistemas de Alta Confiabilidad, plantea una idea fundamental para la gestión de PRL:
“Los accidentes rara vez son causados por un solo factor. Son una acumulación de pequeños errores, señales ignoradas y supuestos equivocados que, con el tiempo, convergen en un evento catastrófico”.
Esto implica que la seguridad no se puede medir solo por la cantidad de accidentes, sino por la capacidad del sistema para detectar y corregir fallas antes de que escalen. Un buen sistema de PRL no solo debe enfocarse en prevenir incidentes, sino en identificar desviaciones en los procesos antes de que sean irreversibles.
Ejemplos como las explosiones en tanques de almacenamiento por trabajos de soldadura (como las ocurridas en YPF y el Puerto de Barcelona) reflejan esta realidad:
- El peligro estaba siempre presente (sustancias inflamables, espacios confinados).
- Las medidas de control existían, pero no se aplicaron correctamente.
- La acumulación de errores (falta de medición de gases, omisión de protocolos, rutina operativa) llevó al desastre.
Lo que Weick plantea es que los accidentes no son sorpresas, sino eventos anunciados que no supimos leer a tiempo.
Más información, menos certeza
Uno de los desafíos más grandes en la gestión de riesgos es la ilusión de control. Cuanta más información tenemos, más seguros nos sentimos. Pero en seguridad, el exceso de confianza es una trampa.
Sunstein lo explica claramente:
“El peor enemigo de la seguridad no es la ignorancia, sino la sobreconfianza. Creemos que porque entendemos un problema, lo tenemos bajo control”.
Este fenómeno es evidente en los trabajadores experimentados que dejan de seguir protocolos porque “siempre lo han hecho así”. La experiencia, que debería ser un factor protector, se convierte en un riesgo cuando genera atajos operativos y exceso de confianza.
El modelo de seguridad de la aviación nos ofrece una lección clave: los pilotos, sin importar cuán experimentados sean, siguen sus checklists antes de cada vuelo. La memoria no es confiable, el hábito no es una garantía, y la seguridad debe ser estructurada, no intuitiva.
En PRL, deberíamos aplicar la misma lógica:
- Cada procedimiento debe cumplirse sin excepciones, sin importar cuán familiarizado esté el trabajador con la tarea.
- Cada control debe verificarse de manera objetiva, sin asumir que “todo está bien porque siempre ha estado bien”.
- Cada incidente debe analizarse como un síntoma de una falla mayor en el sistema, no como un evento aislado.
La seguridad no es un checklist, es una mentalidad
Sunstein y Weick coinciden en que el mayor obstáculo para una gestión efectiva del riesgo es la resistencia al cambio. Si bien los procedimientos y regulaciones son fundamentales, lo que realmente hace la diferencia es la capacidad de una organización para aprender y adaptarse antes de que ocurra un desastre.
“Las organizaciones seguras no son aquellas que nunca tienen problemas, sino aquellas que identifican sus problemas antes de que se conviertan en crisis” (Karl Weick).
Este es el verdadero desafío de la PRL: crear sistemas que no solo impongan medidas, sino que generen un entorno donde la seguridad sea una práctica natural y no una imposición externa.
La seguridad no puede ser una reacción a los accidentes, debe ser un proceso continuo de mejora. Y esto solo es posible cuando combinamos datos, análisis, comunicación efectiva y una cultura organizacional que fomente la detección temprana del riesgo.
Gestión de Riesgos como Disciplina en Evolución
La PRL no es estática. No es un conjunto de reglas grabadas en piedra, sino una disciplina en evolución constante.
La verdadera gestión del riesgo no consiste en evitar problemas a toda costa, sino en comprender cómo los riesgos cambian con el tiempo, cómo las decisiones afectan la seguridad y cómo podemos anticiparnos a los errores antes de que se conviertan en tragedias.
Sunstein nos recuerda que la percepción del riesgo puede ser engañosa, y que una regulación ineficaz es aquella que se basa en el miedo en lugar del análisis real. Weick nos advierte que los errores son procesos, no eventos, y que la clave es detectarlos antes de que se acumulen.
Si queremos que la PRL sea realmente efectiva, necesitamos desafiar las ideas preconcebidas, ser críticos con nuestras propias certezas y buscar siempre una mejor forma de gestionar el riesgo.
La seguridad no se mide por la ausencia de accidentes, sino por la capacidad de un sistema para resistir errores sin que estos escalen en tragedias. Como señala Karl Weick, “la seguridad no es la ausencia de accidentes, sino la presencia de defensas eficaces”. No basta con que una organización tenga un historial sin incidentes; lo verdaderamente importante es qué tan bien diseñadas están sus barreras de prevención y qué tan preparadas están para responder cuando algo sale mal.
Del mismo modo, Cass Sunstein advierte que “no se trata de eliminar el riesgo, sino de gestionarlo inteligentemente”. Esto significa aceptar que el riesgo es una constante en cualquier actividad y que la clave no está en aspirar a un mundo sin peligros, sino en desarrollar estrategias para minimizar la probabilidad de que estos generen daños y consecuencias graves.
Esto nos obliga a preguntarnos: ¿Nuestras defensas en seguridad son realmente eficaces o solo están en el papel? ¿Estamos gestionando los riesgos con un enfoque estratégico o simplemente reaccionamos ante los accidentes? La clave no es evitar el error a toda costa, sino diseñar sistemas donde el error no tenga consecuencias irreversibles. Si no cambiamos la forma en que entendemos la seguridad, seguiremos tratando los accidentes como eventos aislados, en lugar de verlos como señales de fallos más profundos en la gestión del riesgo.
Lic.Javier da Cunha
Comité técnico COPHISEMA
IIARRD – Instituto Argentino para la Reducción de Riesgos de Desastres.

